23 Oct

Precios justos…

En ocasiones anteriores les hemos comentado que los precios de La Canasta son el fruto de los acuerdos que se realizan con quienes producen. Esta semana queremos contarles un poco más acerca de ese proceso.

La dinámica de poner precio a los alimentos; a las verduras, frutas, tubérculos que la tierra da y que nosotros disfrutamos cada semana es uno de los aspectos más complejos de nuestro trabajo. Partiendo de una reflexión sobre cuál es la manera más justa y más adecuada para hacerlo, se suscitan debates económicos, políticos e incluso filosóficos. Por ejemplo, ¿Cuánto dinero representa un racimo de plátano? Esta pregunta nos surgió cuando visitamos a Don Rafael y Virgelina en Arbeléaz. Vivimos todo el proceso de seleccionar el racimo, cortarlo, pesarlo, ponerlo en canastillas… y cuando llegó el momento de hacer el pago, apareció el desconcierto. El camino más fácil hubiera sido seguir el precio del mercado, y acordar con ellos el precio del racimo que tenían en su finca. Pero precisamente, uno de nuestros objetivos en la red es romper con las dinámicas del mercado convencional, para poner en práctica otras lógicas, más justas, más sanas, más adecuadas a la realidad de quienes consumen y quienes producen. No tenemos certeza sobre cómo se fijan los precios en el mercado convencional, pero sabemos que las personas que producen, en especial las que tienen pequeñas producciones como es el caso en La Canasta, no tienen ninguna clase de control o poder de negociación sobre estos precios. ¿Quién decide que hoy un producto tenga un precio y mañana otro? ¿Será como dicen algunos, el libre juego de la oferta y la demanda? En nuestro recorrido en estas lides hemos aprendido que la cosa no funciona tan diáfanamente, y que la tan mentada mano invisible del mercado, se acerca más a una relación de poder que a una ecuación matemática. Entonces, ¿Cómo le ponemos precio a los productos, cómo monetarizamos ese plátano, que se demoró dos años en crecer, que tomó nutrientes, agua, que recibió cuidados, que creció con la energía del sol y que además requirió del tiempo de trabajo y el cuidado de Rafael y Virgelina? La respuesta deja de ser tan evidente.

En estos momentos estamos realizando ese proceso de pensar y poner en práctica otras formas de acordar precios con quienes producen. Hay que tener en cuenta muchas cosas: por ejemplo, la arracacha de Vianí está lista para comer en unos 8 meses, mientras que en Silvania se demora un año completo. ¿Pueden tener el mismo precio? La papa criolla requiere más cuidados que la papa pepina, porque es más susceptible a las plagas que las atacan. ¿Cómo medimos eso? El tiempo de trabajo de quien produce es otra cosa compleja de medir. Las personas en el campo van haciendo sus tareas cada día, un rato acá, un rato allá, no es posible saber cuánto tiempo de trabajo se le dedica a cada cultivo. Pero sí podemos tener el dato del tiempo que se le dedica a la finca globalmente. A partir de ahí, podríamos pensar la remuneración de quien produce en términos de un salario digno y suficiente para suplir las necesidades de la familia, como cada una de ellas las defina. Ya ven entonces que el tema es complejo y rico a la vez, porque nos pone el reto de repensar unas lógicas muy arraigadas, pero que es necesario modificar si queremos crear algo nuevo y distinto.

Chips de arracacha


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